El fino humor de tres pijos parisinos

Los españoles aprovechamos cualquier reunión social para contar chistes, presumimos de tener buen talante para encajar las bromas y no nos duelen prendas a la hora de reírnos de nosotros mismos. Hay chistes de catalanes, de vascos, de leperos. Todos tienen su aquel. Los argentinos suelen contar chistes de gallegos (así llaman a todos los españolitos por aquellos lares) imitando el acento vasco; y son graciosos, porque no ofenden. Los ingleses llevan en la sangre ese humor negro guasón e irreverente que todos conocemos gracias a las series de televisión; y tienen gracia, porque no ofenden. Y cuando hablamos de humor francés… Bueno, sí… Me acuerdo de ese… Cómo se llamaba… Ah, sí! Louis de Funès, ese que siempre iba vestido de gendarme. También recuerdo alguna que otra alguna película francesa como La cena de los idiotas o la reciente Bienvenidos al norte, filmes que a veces hasta han logrado arrancarnos una sonrisa por lo despiadado de sus argumentos y su forzada ternura, que hasta tiene su gracia.

No hace muchos años me contaba un parisino-parisino (es decir, de pura cepa), que los parisinos-parisinos no suelen contar chistes porque los consideran vulgares, de mal gusto. Bueno, también confesaba que, cuando han ingerido el suficiente champagne, a veces hasta se permitían el lujo de contar chistes de belgas, el equivalente a nuestros chistes de leperos. El problema es que estos chistes de belgas son chistes zafios, sin chispa, ofensivos y pretenciosos, porque lo único que pretenden es demostrar lo listo que es el parisino y lo tonto que es el “analfabeto” de Bélgica. La diferencia entre un chiste de belgas y uno de leperos es que el lepero cuenta chistes de leperos y el belga odia que el francés, sobre todo cuando es parisino, le cuente un chiste de belgas, porque tienen escasa gracia y ofenden.

Si cruzamos el charco comprobamos que los norteamericanos resultan especialmente crueles cuando hablan de los franceses, ya que en sus chanzas los consideran cobardes, afeminados y poco aseados. Se mofan habitualmente de ellos por la facilidad con que rindieron París durante la Segunda Guerra Mundial y su supuesta pasividad durante la liberación de su propio país. Los yankees también reprochan a los franceses haberse rajado durante la última guerra de Irak.

Estas cosas hay que tomárselas con humor, y en defensa de los franceses he de decir que no todos están cortados por el mismo patrón. Hay franceses y hay parisinos-parisinos. Estos últimos tienen fama de estirados. Y esta tirantez corporal innata influye, sin duda, en su peculiar sentido del humor, que en nada se parece a la grasia de Cádiz o a la guasa de Sevilla.

Aclarada la diferencia entre franceses y parisinos-parisinos, es cuando llegamos al leif motiv de este asunto: la historia de tres pijos parisinos, todos ellos con gafapasta de colores, que se reúnen después del cruasán con café aguado y deciden que es gracioso que Rafa Nadal miccione en el depósito de la gasolina y el coche salga haciendo trompos. Y digo que llevan gafapasta para acabar  de una vez por todas con ese manido cliché del siglo pasado en el que se asociaba al parisino-parisino con camiseta de rayas verticales tipo Jean Paul Gaultier y boina ladeada. Lo cierto es que  al más saborío de Cádiz se le ocurren cinco gracias mucho mejores que esta mientras se desayuna un cafelito con leche y una tostá con manteca colorá.

Bromas aparte, no podemos meter a todos los franceses en el mismo saco, por muy gabachos que sean. Los españolitos debemos entender que para un parisino-parisino es muy frustrante organizar dos de los eventos más importantes del calendario deportivo mundial, como Roland Garros y el Tour, y no ganarlo en muchos, pero que muchos años. Al contrario, esa frustración se convierte en caída de mechones capilares  y en un rasgarse las glamourosas vestiduras cuando una y otra vez, sin tregua posible, quien se lleva el título es un español, llámese Contador, llámese Nadal o llámese Indurain. Probablemente ninguno de esos tres pijos parisinos había nacido la última vez que un francés ganó el Tour de Francia hace 27 años, así que sólo recuerdan por los documentales la última victoria de un tenista galo en Roland Garros, porque de eso han pasado ya 28 años. Posiblemente esos tres pijos parisinos iban todavía a l’école cuando un francés se hizo con la corona a los mandos de un Fórmula 1, hace 18 años, y sólo tendrán un difuso recuerdo infantil de la última vez que un club francés de fútbol ganó la Liga de Campeones.

Esos tres pijos se criaron a la sombra de la Torre Eiffel y no les gusta que comparen su monumento más famoso y emblemático con un pozo petrolífero. Para eso no tienen humor, porque para ellos París es la ciudad más bonita del mundo. Tampoco soportan haber crecido con la impotencia de comprobar cómo sus “analfabetos” vecinos del sur, que son más execrables que los belgas, hayan arrasado últimamente en fútbol, con un Mundial y una Eurocopa; en baloncesto, con un Mundial y dos Campeonatos de Europa; en ciclismo, con once Tours; en tenis, con trece Roland Garros; y en Fórmula 1, y en fútbol-sala, y en balonmano… Es por eso que llegan a la conclusión de que si España ha ganado en todos esos deportes es porque nuestros deportistas iban puestos hasta las cejas de sustancias prohibidas. ¿Cómo si no pueden una panda de españolitos, que antes eran muy bajitos, destacar continuamente en tantos deportes mientras los franceses se resignan a  jugar a la petanca, su deporte nacional? Sin duda, debe ser una sensación insoportable.

Lo cierto es que ya no se trata exclusivamente del caso Contador y esa ínfima, casi inexistente cantidad de clembuterol que le encontraron tras una larga y cálida meada. El meollo del asunto está en el escaso sentido del humor de tres pijos parisinos, que a rebufo de las tonterías que hace poco dijo su héroe nacional Yannick Noah, se atreven ahora a poner en tela de juicio el fair play en materia de dopaje de un tío tan majo como Rafa Nadal y de todo el deporte español. Se trata de una cruzada de extrañeza (¿Cómo pueden ganar algo los españoles?) provocada por una envidia no demasiado sana. Para los que no sepan quién demonios es Yannick Noah, tan sólo apuntar que ahora se dedica a la canción y que nació en las Ardenas, escenario de aquella famosa batalla de la Segunda Guerra Mundial en la que no lucharon muchos franceses. Noah sólo ganó un Roland Garros en 1983 (porque al parecer no se dopaba) y fue quien abrió la caja de los truenos al justificar así los éxitos de nuestro deporte: “Los españoles se cayeron en la marmita de la poción mágica.”

Pero ya que hablamos de buen humor, lo que debe hacer el deporte español es encajar con valentía y resultados, como hasta ahora, el fino humor de tres pijos parisinos, en nuestra irreductible aldea ibérica. Porque Goscinny y Uderzo, su Astérix y su Obélix,  sí tienen gracia.  Debemos tomarnos con buen humor las vehementes invectivas de nuestros vecinos de más allá de los Pirineos y, en lugar de pagarles con la misma moneda, animarles a que esta vez no se rindan, aplaudirles cuando logren ganar algo y desearles que superen esa enfermedad que padecen, provocada por la impotencia y la envidia, porque ambas forman un cóctel muy perjudicial que, en lugar de buen sentido del humor, se convierte en una ofensiva broma pesada… o en un chiste de belgas.

6 pensamientos en “El fino humor de tres pijos parisinos

  1. Rafa Nadal ha anunciado en su Twitter que hoy a las ocho y media de la mañana le han hecho un control sorpresa. Mucho mejor, así demostrará a los medios de comunicación franceses que le acusan de doparse que su musculatura y sus resultados son fruto de su trabajo. Grande Nadal!!!

  2. Ayer mismo la Selección Nacional Española de fútbol-sala ganó el Campeonato de Europa. Los franceses ya pueden ir haciendo unos cuantos muñecos más y decir que estos también estaban dopados. De las ocho eurocopas de fútbol-sala que se han jugado hasta ahora, seis las ha ganado España. Y de seis mundiales, dos los ha ganado España. Los otros cuatro han sido para Brasil. Es evidente que el dominio español en el fútbol-sala europeo es abrumador. Como muy bien dice el artículo, la mejor manera de callarle la boca a los franceses es con resultados, y aquí tenemos un nuevo triunfo del deporte español.

  3. Pues ahora el programa de los Guiñoles de Canal+ Francia ha acusado de cocainómano al ministro de Cultura, José Ignacio Wert. El presentador del programa introdujo varias imágenes diciendo cómo habían tratado las cadenas españolas las acusaciones que han ido apareciendo en el programa e intentando quitar hierro al asunto con la repetición de la frase “son sólo guiñoles”. Las imágenes hablan incluso de un encuentro del rey Juan Carlos con Nadal en las que le dice: “Son tontos estos del guiñol”.

    Y después de repasar todos los minutos de televisión que han generado en España, el presentador introduce unas imágenes en las que aparece el ministro Wert sonándose la nariz durante una intervención pública y comentan que “se está quitando la cocaína de la nariz”.

    Estos gabachos, desde que le pusieron huevos a la omelette, no han vuelto a echarle huevos a nada más. Son envidiosos y raritos que intentan hacerse los graciosos a costa nuestra, pero no se dan cuenta de que no provocan la risa, sino más bien dan mucha pena.

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